La existencia humana es moldeada por dos
pulsiones supremas: la vida y la muerte. Que en la era actual se entrelazan con
dos procesos mentales dramáticos: por un lado, el esfuerzo del individuo para
afirmar su identidad a medida que toma consciencia del potencial evolutivo de su
especie y, por el otro, la presión masificadora del Estado moderno, convertido
en una maquinaria deshumanizante.
Escribe: Miguel Grinberg
Imágenes:
Andrés Bestard
Así como en la antiguedad el clan, la tribu, la aldea y la
comarca (hoy se diría la "biorregión" o la "eco-cultura") constituían el marco
operativo real donde se desarrollaban los potenciales de sus miembros, así en la
modernidad las inmensas ciudades y sus opacos suburbios, los núcleos fabriles y
la trama de oficinas administrativas promovieron la configuración de un
hombre-masa ajeno a su propia naturaleza y divorciado del orden
universal.
Según el psicoanalista Erich Neumann, "la convulsión social que se
abatió sobre el hombre moderno y en cuyo centro borrascoso hoy nos encontramos
llevó, con su conversión de todos los valores, a una desorientación del
individuo y del todo, cuya repercusión experimentamos y sufrimos diariamente,
tanto en términos políticos, en la vida colectiva, o en la vida individual.
(...) El ego del hombre moderno que se entregó de esa manera, sucumbe a un
proceso reaccionario de masificación y es victimizado por la sombra colectiva,
por un hombre-masa que está dentro de él. Mientras que en una psique integrada,
el elemento negativo posee un lugar significativo, como descomposición y como
muerte, vuelto caos y materia prima toma el peso del plomo y demuele el
crecimiento: fragmenta la psique y con un ego derrotista y regresivo se
convierte en un cáncer y un peligro nihilista. Con la desintegración de la
consciencia del ego, todas las posiciones construidas en el curso del desarrollo
humano son destruidas regresivamente, como en una psicosis" .
En esta
vorágine de acontecimientos colectivos patéticos, reflejados sin cesar por los
programas de "noticias" de la radio y la televisión, los titulares de la prensa
amarilla, la corrupción de las clases dirigentes, el activismo impotente de
multitudes no resignadas a ser tratadas como material descartable, la violencia
de grandes sectores de la juventud agobiada por el tedio y el sinsentido de
haber nacido en una sociedad deformada, las toxicomanías expansivas, la
delincuencia irracional y guerras civiles de todo calibre, el hombre-masa se
solidifica y se contrapone a la formación y al desarrollo de la consciencia y al
mundo de la cultura, y pasa a ser irracional, letalmente emotivo, antiindividual
y destructivo. Y en el sentido más negativo del término "arcaico" pierde los
lazos que lo identificaban con su ser solidario y adquiere matices de
hombre-bestia. El propio anonimato del individuo masificado intensifica el
accionar de su lado sombrío y desata una infinidad de rituales
sádicos.
Cada vez más gente advierte que una portentosa transformación
tiene lugar actualmente de modo simultáneo en el seno de la humanidad, en la
configuración del planeta Tierra y en el contexto del universo. El orden de los
factores no altera la epopeya. Si bien quienes la perciben todavía constituyen
una minoría, ello no la descalifica. Su relevancia excede el lenguaje y
sobrepasa la imaginación. Pasa inadvertida para las muchedumbres, pero desde
hace más de medio siglo viene siendo advertida en diversas latitudes por hombres
y mujeres que captan en general sus dinámicas e intuyen en particular sus
perspectivas. Se trata al mismo tiempo de una convulsión terrenal dramática y de
una revelación espiritual evolutiva. Quienes la han estudiado llegaron a la
conclusión de que la mentalidad y la estructura con que hoy toman decisiones las
principales instituciones políticas, económicas y religiosas son inadecuadas
para resolver los crecientes problemas de desequilibrio, creados tecnológica y
organizativamente durante la Revolución Industrial del mundo occidental.
Al
abordar la eclosión de un modo de pensar en sintonía con esta inédita
circunstancia, el científico Allerd Stikker resaltó que "se basa en una
sofisticada percepción de la potencialidad de una inminente transformación del
proceso evolutivo de nuestro planeta dentro de los venideros cincuenta años, y
en la necesidad de reconocer las condiciones imprescindibles para que se
produzca tal modificación: restaurar la armonía individual y el equilibrio
dinámico de la humanidad en relación con la naturaleza a escala local y global"
.
TECNOESFERA
Durante los últimos doscientos años, las sociedades
científica y tecnológicamente más avanzadas violentaron sin remordimientos el
orden natural mediante la implantación desmedida de establecimientos
industriales, emporios químicos y maquinarias emisoras de gases tóxicos, que
constituyeron una tecnosfera expandida destructivamente a expensas de la biosfera
y la atmósfera. Con la expansión de las ciudades y el asfalto desaparecieron
miles de kilómetros cuadrados de bosques vírgenes y llanuras aptas para el
cultivo. Efluentes nocivos artificiales de gran potencia fueron desagotados sin
límite en ríos, mares y océanos. Compuestos sintéticos peligrosos se
incorporaron al mundo vegetal sólo en función de los intereses lucrativos de
enormes emporios agroalimentarios.
Metrópolis y megalópolis crecieron y se
mantuvieron demandando más y más energía eléctrica, combustibles derivados del
petróleo y agua potable, emitiendo al mismo tiempo gigantescas masas de desechos
perniciosos, efluentes cloacales, polución térmica y perturbación psíquica. El
advenimiento de la Edad Atómica —iniciada como recurso de guerra extrema y
seguida como industria nucleoeléctrica— aportó un lastre fatídico de basura
radiactiva para la cual no existe solución técnica, salvo aislarla durante
decenas de miles de años.
Fue así que durante los siglos XIX y XX, la
mentalidad y el formato para la toma de decisiones desde los centros de poder
políticos y económicos de Europa y Estados Unidos (el Occidente cristiano)
—desembocando en una especie de feudalismo electrónico— fue adquiriendo matices
impropios e incapaces de encarar y resolver serios desequilibrios provocados por
la innovación tecnológica y el desarrollo organizativo del mundo
capitalista.
El geoteólogo Thomas Berry lo expresó de este modo: "Tenemos que
reinventar al ser humano. Y, en cierta forma, tenemos que reinventar a la
Tierra. Pero nosotros todavía no podemos hacer lo que se necesita hacer,
solamente la Tierra puede hacerlo. Las fuerzas de la vida devolverán una
cantidad asombrosa de las cosas más maravillosas del planeta solamente si les
permitimos que funcionen. Así como es el mundo exterior, así es el mundo
interno. Si destruimos el mundo exterior, destruimos nuestro mundo interno. Y el
no entender eso y heredar un mundo degradado, un planeta degradado, produce
humanos degradados. Y humanos degradados continuarán degradando mucho más el
planeta. Ahora hay algo de lo que hablo con frecuencia. Lo denomino momentos de
gracia. Hata diría que existen momentos cosmológicos de gracia. Esta palabra se usa
generalmente en un contexto religioso, pero pienso que esos grandes momentos en
el universo, cuando el futuro fue determinado en una forma muy profunda
–momentos cuando estaba también al borde de la catástrofe–, son momentos de
gracia" .
En consecuencia, nuestra especie enfrenta una disyuntiva extrema:
evolución o extinción. No se trata de de un argumento fantasioso. Todo se
encuentra en estado de convulsión: el clima, el entorno natural terrestre, las
sociedades humanas y los individuos en el planeta entero. Pero a diferencia de
los ocasos irreversibles que en el pasado borraron de la realidad a una notable
cantidad de culturas y civilizaciones en latitudes diversas, ahora está en juego
la totalidad del globo que habitamos.
A pesar de las abundantes evidencias al
respecto y de la gravedad de la situación, la cantidad de personas que se
detiene a considerar los matices de esta encrucijada histórica es reducida. O
sea, no se trata de una percepción multitudinaria. Mas bien constituye una
consciencia de minorías, pues la multitud oscila entre la indiferencia y el
aturdimiento.
Esto último no es accidental. Ocurre como resultado de un
proceso de insensibilización social metódicamente programada durante el último
siglo y que constituye el eje de la llamada sociedad de consumo . Que consiste
en una hipótesis de "abundancia" y "plenitud" adquisitiva apuntada a convertir a
toda la humanidad en una pléyade de consumidores y contribuyentes impositivos.
La falacia que se oculta detrás de esta monumental manipulación colectiva es
conocida como tecnocracia, o sea, una forma de gobierno mundial según la cual el
control es ejercido por una selecta élite de burócratas y políticos apoyados en
un sistema diseñado por técnicos y científicos y manipulados por una vasta trama
de clanes corporativos, cuyos economistas manejan financieramente la totalidad
de nuestro planeta.
Berry destaca también que la última década del siglo XX
podría considerarse como un momento de gracia porque a partir de entonces
estamos despertando de una fase destructiva y ahora hay posibilidades que no
existían hace diez años, o aun hace cinco años. Si estas posibilidades pudieran
ser activadas a un orden profundo de magnitud, podríamos comenzar con lo que él
denominó la Era Ecozoica . Hemos tenido la Paleozoica, la Mezozoica y la
Cenozoica, y a él le gusta hablar acerca de la Ecozoica como el próximo período,
en el que los humanos se presenten al planeta en un mutuo acrecentamiento: "En
unos cuantos años mi generación ha destruido más que todas las anteriores
generaciones puestas juntas. Hemos devastado el planeta. Eso es una enormidad.
Lo importante ahora no es lo que ha acontecido en el pasado, a pesar de que sí
necesitamos saberlo. Es mas bien cómo vivir en el futuro, cómo desarrollar una
forma de ser creativo en cada fase de la vida para que pueda existir un futuro
viable, un futuro que tendrá un ingreso que evocar las energías psíquicas que
necesitamos para poner adelante un vasto esfuerzo creador. Si entramos juntos en
la dinámica del saneamiento total del universo y del planeta, se puede
hacer".
El siglo XX fue al mismo tiempo una cumbre y un abismo. Durante su
transcurso, la humanidad logró remontarse a niveles descomunales de su potencial
inventivo en el campo tecnocientífico. Pero al mismo tiempo se desbarrancó hacia
zonas espantosas de barbarie, donde el genocidio y la destrucción del entorno
natural dejaron hondas cicatrices en la conciencia colectiva. Nominalmente, se
superaron infamias de siglos precedentes, como el colonialismo y la esclavitud,
pero en realidad aparecieron otras dinámicas totalitarias que siguieron
destrozando la existencia de generaciones enteras en numerosas latitudes del
globo.
Nuestro planeta, la humanidad y el cosmos, son al unísono parte de la
totalidad de un proceso universal dinámico, coherente e interactivo. Se trata de
un vínculo libre de jerarquías, lo cual significa que el ser humano posee dones
especiales pero no se encuentra por encima de la naturaleza: es parte de ella.
La vida terrestre mantiene una conexión expansiva con la energía del universo y
es en su propio contexto físico, mental y espiritual que el individuo evolutivo
se asume como parte integral del proceso que lo abarca, refinando sin cesar sus
potenciales de intuición y espontaneidad.
Es así como se consolida la
evolución humana: con marchas y contramarchas constantes. Pero ahora, el "estado
de gracia" no emana de una revelación sobrenatural ni de la proclama
irresistible de un profeta iluminado. Si bien hasta aquí, el proceso evolutivo
de nuestra especie fue inconsciente y ocurrió como parte de los ciclos que se
aprecian desde siempre entre el cielo y la tierra, a partir de ahora nuestra
marcha evolutiva será consciente , asumida paso a paso por todos los que se
sientan —genética y espiritualmente— convocados para ello. Como antesala de una
edad nueva, y en sintonía con las energías supremas de la creación.


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