domingo, 31 de marzo de 2013

Nuevo "estado de gracia"




La existencia humana es moldeada por dos pulsiones supremas: la vida y la muerte. Que en la era actual se entrelazan con dos procesos mentales dramáticos: por un lado, el esfuerzo del individuo para afirmar su identidad a medida que toma consciencia del potencial evolutivo de su especie y, por el otro, la presión masificadora del Estado moderno, convertido en una maquinaria deshumanizante.


Escribe: Miguel Grinberg

Imágenes: Andrés Bestard


Así como en la antiguedad el clan, la tribu, la aldea y la comarca (hoy se diría la "biorregión" o la "eco-cultura") constituían el marco operativo real donde se desarrollaban los potenciales de sus miembros, así en la modernidad las inmensas ciudades y sus opacos suburbios, los núcleos fabriles y la trama de oficinas administrativas promovieron la configuración de un hombre-masa ajeno a su propia naturaleza y divorciado del orden universal.




Según el psicoanalista Erich Neumann, "la convulsión social que se abatió sobre el hombre moderno y en cuyo centro borrascoso hoy nos encontramos llevó, con su conversión de todos los valores, a una desorientación del individuo y del todo, cuya repercusión experimentamos y sufrimos diariamente, tanto en términos políticos, en la vida colectiva, o en la vida individual. (...) El ego del hombre moderno que se entregó de esa manera, sucumbe a un proceso reaccionario de masificación y es victimizado por la sombra colectiva, por un hombre-masa que está dentro de él. Mientras que en una psique integrada, el elemento negativo posee un lugar significativo, como descomposición y como muerte, vuelto caos y materia prima toma el peso del plomo y demuele el crecimiento: fragmenta la psique y con un ego derrotista y regresivo se convierte en un cáncer y un peligro nihilista. Con la desintegración de la consciencia del ego, todas las posiciones construidas en el curso del desarrollo humano son destruidas regresivamente, como en una psicosis" .




En esta vorágine de acontecimientos colectivos patéticos, reflejados sin cesar por los programas de "noticias" de la radio y la televisión, los titulares de la prensa amarilla, la corrupción de las clases dirigentes, el activismo impotente de multitudes no resignadas a ser tratadas como material descartable, la violencia de grandes sectores de la juventud agobiada por el tedio y el sinsentido de haber nacido en una sociedad deformada, las toxicomanías expansivas, la delincuencia irracional y guerras civiles de todo calibre, el hombre-masa se solidifica y se contrapone a la formación y al desarrollo de la consciencia y al mundo de la cultura, y pasa a ser irracional, letalmente emotivo, antiindividual y destructivo. Y en el sentido más negativo del término "arcaico" pierde los lazos que lo identificaban con su ser solidario y adquiere matices de hombre-bestia. El propio anonimato del individuo masificado intensifica el accionar de su lado sombrío y desata una infinidad de rituales sádicos.

Cada vez más gente advierte que una portentosa transformación tiene lugar actualmente de modo simultáneo en el seno de la humanidad, en la configuración del planeta Tierra y en el contexto del universo. El orden de los factores no altera la epopeya. Si bien quienes la perciben todavía constituyen una minoría, ello no la descalifica. Su relevancia excede el lenguaje y sobrepasa la imaginación. Pasa inadvertida para las muchedumbres, pero desde hace más de medio siglo viene siendo advertida en diversas latitudes por hombres y mujeres que captan en general sus dinámicas e intuyen en particular sus perspectivas. Se trata al mismo tiempo de una convulsión terrenal dramática y de una revelación espiritual evolutiva. Quienes la han estudiado llegaron a la conclusión de que la mentalidad y la estructura con que hoy toman decisiones las principales instituciones políticas, económicas y religiosas son inadecuadas para resolver los crecientes problemas de desequilibrio, creados tecnológica y organizativamente durante la Revolución Industrial del mundo occidental.




Al abordar la eclosión de un modo de pensar en sintonía con esta inédita circunstancia, el científico Allerd Stikker resaltó que "se basa en una sofisticada percepción de la potencialidad de una inminente transformación del proceso evolutivo de nuestro planeta dentro de los venideros cincuenta años, y en la necesidad de reconocer las condiciones imprescindibles para que se produzca tal modificación: restaurar la armonía individual y el equilibrio dinámico de la humanidad en relación con la naturaleza a escala local y global" .




TECNOESFERA




Durante los últimos doscientos años, las sociedades científica y tecnológicamente más avanzadas violentaron sin remordimientos el orden natural mediante la implantación desmedida de establecimientos industriales, emporios químicos y maquinarias emisoras de gases tóxicos, que constituyeron una tecnosfera expandida destructivamente a expensas de la biosfera y la atmósfera. Con la expansión de las ciudades y el asfalto desaparecieron miles de kilómetros cuadrados de bosques vírgenes y llanuras aptas para el cultivo. Efluentes nocivos artificiales de gran potencia fueron desagotados sin límite en ríos, mares y océanos. Compuestos sintéticos peligrosos se incorporaron al mundo vegetal sólo en función de los intereses lucrativos de enormes emporios agroalimentarios. 



Metrópolis y megalópolis crecieron y se mantuvieron demandando más y más energía eléctrica, combustibles derivados del petróleo y agua potable, emitiendo al mismo tiempo gigantescas masas de desechos perniciosos, efluentes cloacales, polución térmica y perturbación psíquica. El advenimiento de la Edad Atómica —iniciada como recurso de guerra extrema y seguida como industria nucleoeléctrica— aportó un lastre fatídico de basura radiactiva para la cual no existe solución técnica, salvo aislarla durante decenas de miles de años.




Fue así que durante los siglos XIX y XX, la mentalidad y el formato para la toma de decisiones desde los centros de poder políticos y económicos de Europa y Estados Unidos (el Occidente cristiano) —desembocando en una especie de feudalismo electrónico— fue adquiriendo matices impropios e incapaces de encarar y resolver serios desequilibrios provocados por la innovación tecnológica y el desarrollo organizativo del mundo capitalista.




El geoteólogo Thomas Berry lo expresó de este modo: "Tenemos que reinventar al ser humano. Y, en cierta forma, tenemos que reinventar a la Tierra. Pero nosotros todavía no podemos hacer lo que se necesita hacer, solamente la Tierra puede hacerlo. Las fuerzas de la vida devolverán una cantidad asombrosa de las cosas más maravillosas del planeta solamente si les permitimos que funcionen. Así como es el mundo exterior, así es el mundo interno. Si destruimos el mundo exterior, destruimos nuestro mundo interno. Y el no entender eso y heredar un mundo degradado, un planeta degradado, produce humanos degradados. Y humanos degradados continuarán degradando mucho más el planeta. Ahora hay algo de lo que hablo con frecuencia. Lo denomino momentos de gracia. Hata diría que existen momentos cosmológicos de gracia. Esta palabra se usa generalmente en un contexto religioso, pero pienso que esos grandes momentos en el universo, cuando el futuro fue determinado en una forma muy profunda –momentos cuando estaba también al borde de la catástrofe–, son momentos de gracia" .





En consecuencia, nuestra especie enfrenta una disyuntiva extrema: evolución o extinción. No se trata de de un argumento fantasioso. Todo se encuentra en estado de convulsión: el clima, el entorno natural terrestre, las sociedades humanas y los individuos en el planeta entero. Pero a diferencia de los ocasos irreversibles que en el pasado borraron de la realidad a una notable cantidad de culturas y civilizaciones en latitudes diversas, ahora está en juego la totalidad del globo que habitamos.




A pesar de las abundantes evidencias al respecto y de la gravedad de la situación, la cantidad de personas que se detiene a considerar los matices de esta encrucijada histórica es reducida. O sea, no se trata de una percepción multitudinaria. Mas bien constituye una consciencia de minorías, pues la multitud oscila entre la indiferencia y el aturdimiento.




Esto último no es accidental. Ocurre como resultado de un proceso de insensibilización social metódicamente programada durante el último siglo y que constituye el eje de la llamada sociedad de consumo . Que consiste en una hipótesis de "abundancia" y "plenitud" adquisitiva apuntada a convertir a toda la humanidad en una pléyade de consumidores y contribuyentes impositivos. La falacia que se oculta detrás de esta monumental manipulación colectiva es conocida como tecnocracia, o sea, una forma de gobierno mundial según la cual el control es ejercido por una selecta élite de burócratas y políticos apoyados en un sistema diseñado por técnicos y científicos y manipulados por una vasta trama de clanes corporativos, cuyos economistas manejan financieramente la totalidad de nuestro planeta.



Berry destaca también que la última década del siglo XX podría considerarse como un momento de gracia porque a partir de entonces estamos despertando de una fase destructiva y ahora hay posibilidades que no existían hace diez años, o aun hace cinco años. Si estas posibilidades pudieran ser activadas a un orden profundo de magnitud, podríamos comenzar con lo que él denominó la Era Ecozoica . Hemos tenido la Paleozoica, la Mezozoica y la Cenozoica, y a él le gusta hablar acerca de la Ecozoica como el próximo período, en el que los humanos se presenten al planeta en un mutuo acrecentamiento: "En unos cuantos años mi generación ha destruido más que todas las anteriores generaciones puestas juntas. Hemos devastado el planeta. Eso es una enormidad. Lo importante ahora no es lo que ha acontecido en el pasado, a pesar de que sí necesitamos saberlo. Es mas bien cómo vivir en el futuro, cómo desarrollar una forma de ser creativo en cada fase de la vida para que pueda existir un futuro viable, un futuro que tendrá un ingreso que evocar las energías psíquicas que necesitamos para poner adelante un vasto esfuerzo creador. Si entramos juntos en la dinámica del saneamiento total del universo y del planeta, se puede hacer".




El siglo XX fue al mismo tiempo una cumbre y un abismo. Durante su transcurso, la humanidad logró remontarse a niveles descomunales de su potencial inventivo en el campo tecnocientífico. Pero al mismo tiempo se desbarrancó hacia zonas espantosas de barbarie, donde el genocidio y la destrucción del entorno natural dejaron hondas cicatrices en la conciencia colectiva. Nominalmente, se superaron infamias de siglos precedentes, como el colonialismo y la esclavitud, pero en realidad aparecieron otras dinámicas totalitarias que siguieron destrozando la existencia de generaciones enteras en numerosas latitudes del globo.




Nuestro planeta, la humanidad y el cosmos, son al unísono parte de la totalidad de un proceso universal dinámico, coherente e interactivo. Se trata de un vínculo libre de jerarquías, lo cual significa que el ser humano posee dones especiales pero no se encuentra por encima de la naturaleza: es parte de ella. La vida terrestre mantiene una conexión expansiva con la energía del universo y es en su propio contexto físico, mental y espiritual que el individuo evolutivo se asume como parte integral del proceso que lo abarca, refinando sin cesar sus potenciales de intuición y espontaneidad.




Es así como se consolida la evolución humana: con marchas y contramarchas constantes. Pero ahora, el "estado de gracia" no emana de una revelación sobrenatural ni de la proclama irresistible de un profeta iluminado. Si bien hasta aquí, el proceso evolutivo de nuestra especie fue inconsciente y ocurrió como parte de los ciclos que se aprecian desde siempre entre el cielo y la tierra, a partir de ahora nuestra marcha evolutiva será consciente , asumida paso a paso por todos los que se sientan —genética y espiritualmente— convocados para ello. Como antesala de una edad nueva, y en sintonía con las energías supremas de la creación. 




Amanecer Índigo


Nacen en todo el mundo criaturas con la misión de pacificar a la humanidad


AMANECER DE LOS NIÑOS ÍNDIGO


Escribe:  Miguel Grinberg


Imágenes: Omar Panosetti
 




No se trata de un fenómeno sobrenatural ni se inscribe en los parámetros de la ciencia-ficción. Es un dato concreto de la realidad. Durante los últimos veinte años se ha verificado el nacimiento incesante de niños "diferentes", que en primera instancia causan estupor o desconcierto en sus padres, dado que a medida que crecen sus conductas no responden a todo lo que el mundo de los adultos da por sobreentendido. Literalmente, no calzan en los moldes preestablecidos.



Durante las últimas dos décadas, médicos pediatras, educadores y asistentes sociales vienen siendo testigos de un fenómeno infantil que no registra antecedentes en los anales de la medicina y la pedagogía. Se trata de la irrupción de una nueva especie de criaturas que poseen características espirituales, anímicas y motrices muy diferenciadas de lo que tradicionalmente se consolidó a través de la cultura humana.

Varios libros algo distantes, publicados en Estados Unidos y Europa, han abordado el fenómeno y coinciden en utilizar una denominación común para estos seres sorprendentes: los llaman Niños Índigo

En lo que se refiere a su desempeño cotidiano, y esto ya empieza a ser advertido claramente cuando comienzan a ser "socializados" en el jardín de infantes, en general estos niños evidencian por una parte falta de concentración o de atención, y por otra parte se distinguen por lo que técnicamente la pediatría denomina hiperactividad. Tanto en el jardín como en su hogar, se desentienden de las pautas que intentan concretar los mayores y al mismo tiempo manifiestan un dinamismo físico desmesurado y resulta casi imposible mantenerlos callados. Esto último ha impuesto en todo el mundo el uso de una droga cada día más corriente, denominada metilfenidato.

Una de los primeras referencias sobre este fenómeno generacional fue efectuada hace más de una década por el espiritualista estadounidense Drúnvalo Melchizedek, quien indicó que a partir de 1982 habían comenzado a nacer muchos niños con el "tercer ojo" abierto, o sea, con una activación incentivada de lo que en Occidente conocemos como "intuición" o "sexto sentido". Posteriormente, cuando ya se utilizaba ampliamente la denominación "niños del nuevo sueño", el mismo explorador de la consciencia humana declaró: "Hay tres tipos de niños que emergen hoy en el mundo. Los primeros aparecen en China desde 1984 y son llamados ‘niños super-psíquicos’. Los segundos son los ‘niños Índigo’. Y los demás se clasifican como ‘niños del sida’, que nacieron en Estados Unidos infectados por sus progenitores y hasta los seis años eran seropositivos. Y de pronto, el HIV desaparecía. El primer caso fue estudiado por la Universidad de California en Los Ángeles, y se descubrió que, a diferencia de todos los mortales, en el su código genético (ADN) poseían cuatro ácidos nucleicos adicionales. O sea, traen un sistema inmunológico fortalecido".

Las novedades de 1982 fueron documentadas por la investigadora estadounidense Nancy Ann Tappe, quien en su libro Understanding your life through color (Entendiendo su vida mediante el color) describía el advenimiento de niños con un "aura" (campo electromagnético de los seres humanos) de color violáceo o índigo. Tappe posee el don de ver naturalmente dichos campos, y afirmaba que la humanidad estaba ante un fenómeno sin precedentes.

Hoy se multiplican informes y libros sobre la temática de los niños Índigo en todo el mundo. Todos aseveran que ellos poseen atributos psicológicos insólitos, evidencian una elevada sensibilidad y llegan a nuestro mundo con la misión de promover un nuevo entendimiento en la especie humana. Se afirma que progresivamente su número crecerá velozmente en el planeta entero y que —comenzando por sus familias y siguiendo por los establecimientos escolares que frecuenten antes de llegar a la vida adulta— impulsarán la creación de una nueva sociedad basada en la honestidad, la solidaridad y el amor.

Momentáneamente, dado el grado de sutileza emocional de los niños Índigo y los procesos convulsivos y destructivos del mundo actual, muchos de ellos evidencian actitudes que los pediatras rotulan como distracción, hiperactividad o inclusive autismo (retracción personal). Pero en medio de esta vorágine algo debe ser resaltado de modo inequívoco: no todos los Índigo son ADD/ADHD y tampoco todas las criaturas con ADD/ADHD son niños Índigo.

En su libro The Indigo Children, publicado en Estados Unidos en mayo de 1999, los investigadores Jan Tober y Lee Carroll destacan que no se trata apenas de un fenómeno estadounidense, y que ya los han detectado en tres continentes. Su nacimiento no depende del grado cultural de sus padres ni de su posición social. Y resaltan que "los medios de comunicación social se abstuvieron de prestarle atención al tema porque no pueden admitir que esté naciendo una generación con la finalidad de transformar la sociedad, esta sociedad que presuntamente constituye un modelo estático e inmutable". 

Todos los profesionales que aportaron estudios al libro de Tober y Lee lo hicieron con la intención de proporcionar a los padres y educadores de los niños Índigo herramientas útiles para una convivencia creativa y, al mismo tiempo, para evitarles padecimientos innecesarios a quienes dentro de una generación estarían en condiciones de alterar —para mucho mejor— el calamitoso estado de nuestro mundo.

METILFENIDATO VERSUS ADD/ADHD

En inglés, la sigla ADD se refiere al Trastorno por Déficit de Atención (attention deficit disorder) y el ADHD indica Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (attention deficit hyperactive disorder). En Estados Unidos, ambas perturbaciones son caratuladas como "desórdenes neurológicos", y ya son tan comunes que afectan a unos dos millones de niños (el 5 por ciento de la población infantil). Se estima que por lo menos en cada aula de la enseñanza preescolar y primaria hay un niño con tal problemática, lo cual dificulta su desempeño en la clase y en los demás marcos sociales.

Ante estas circunstancias, los expertos se muestran trabados y desconcertados porque no logran ponerse de acuerdo sobre las causas exactas del ADD/ADHD. Tanto una conferencia de especialistas realizada en 1998 por los Institutos Nacionales del Salud, como otra de la Academia Americana de Pediatría en 2000, llegaron a la conclusión de que "no existen bases biológicas conocidas para tales afecciones". Un destacado neurólogo señaló: "Cuando más se estudia la hiperactividad o el ADD, menos certeza se tiene de lo que son, o si se trata de un millar de situaciones diferentes llamadas de la misma manera".


A lo cual agregó otro neurólogo: "No hemos identificado una causa única del ADHD, y de hecho probablemente un día se probará que es un término paraguas para una cantidad de desórdenes asociados". 

 


 En consecuencia, según los mayores especialistas, el mecanismo exacto que dispara el ADD es desconocido y el criterio de que el ADHD no es un síndrome comprobado tiene muchos adeptos, tanto médicos como educadores. No obstante, exista o no tal síndrome, resulta claro que muchos niños tienen dificultades en la escuela por su incapacidad de prestar atención. De allí el uso masivo de metilfenidato, para atenuar el auge de la hiperactividad infantil.

Dado que las hipótesis de los expertos son muy variadas, ello crea mucha más angustia y confusión entre los padres y los niños que padecen los síntomas. Por ejemplo, la Asociación Pedriática Americana elaboró una lista con catorce indicadores, de los cuales por lo menos ocho deben estar presentes para que se diagnostique que un niño padece ADD/ADHD. Ellos son: 1) mueven a menudo nerviosamente sus manos y sus pies, o se contorsionan cuando están sentados; 2) tienen dificultad en permanecer sentados cuando les es requerido; 3) se distraen fácilmente ante estímulos externos; 4) tienen dificultad en esperar su turno durante los juegos u otras actividades grupales; 5) con frecuencia emiten respuestas abruptas antes de que se hayan completado las preguntas; 6) tienen dificultad en seguir las instrucciones; 7) tienen dificultad en mantener la atención durante juegos o tareas; 8) suelen pasar de una actividad incompleta a otra; 9) no logran jugar con calma; 10) suelen hablar en exceso; 11) suelen interrumpir o avasallar a los demás; 12) suelen no escuchar lo que se está diciendo; 13) suelen olvidar los elementos necesarios para las tareas; 14) suelen envolverse en actividades peligrosas sin considerar las posibles consecuencias.

En EE. UU, numerosos padres comienzan a negarse a utilizar el metilfenidato por sus frecuentes efectos colaterales: nerviosismo, insomnio, pérdida de apetito, náuseas, palpitaciones, cefaleas, erupciones cutáneas, problemas digestivos y estados de depresión.



El pecado según Murena


EL PECADO, SEGÚN MURENA


Puede que los latinoamericanos hayamos desarrollado una extraordinaria Capacidad de Olvido. Sólo así se justificaría la habilidad maradoniana con que solemos gambetear la realidad impuesta, tan ajena, tan lejana a nosotros mismos. Este artículo aborda el pensamiento de un escritor y un ser excepcional de estas pampas: Héctor Álvarez Murena (1923-1975).


Escribe: Miguel Grinberg
Imágenes de Andrés Bestard
APM -  número 7

Existe un segundo pecado original, el desarraigo espiritual, que equivale a una expulsión, no del Edén sino del presunto Mundo Civilizado, y tal fue la materia prima con que Héctor Álvarez Murena construyó una visión del ser argentino que conviene evocar a varias décadas de su muerte.






En el año 1965, en un pequeño libro –hoy muy difícil de hallar– publicado por Sudamericana en su colección Piragua, el autor contaba que en los intelectuales el más alto promedio de suicidios se daba entre los sudamericanos. Y describía un anochecer de invierno en que caminaba por un barrio de Buenos Aires, "cuando la noche cae, cuando el don de la luz solar se retira y se ve a cada criatura marchar rápidamente hasta desaparecer, como si algo la persiguiera, cuando por fin las calles quedan desiertas, el barrio, con sus casas chatas, con sus rectos caminos, que parecen no ofrecer ningún amparo, se revela como el angustiante corazón de esta tierra, como el desolador símbolo de un mundo destilando la punzante tristeza de girar encerrado en sí mismo, mudo, prisionero del silencio, sin poder expresar el sentimiento que lo consume, sin haber conquistado aún ese temblor, ese grito que se llama espíritu".


El libro se llamaba El Pecado Original de América, y su autor –Héctor Alvarez Murena– aceleraría su partida una década después, a los 52 años, dejando otras obras cruciales como Homo Atomicus y Ensayos sobre la Subversión.

Como americano de primera generación, Murena abordó como pocos el tema del desarraigo espiritual en la vastedad de un continente tergiversado, postergado y mutilado. Y también, disecaba el afán imitativo que deformaba (y sigue deformando) la presencia de los argentinos en particular y los latinoamericanos en general) en un mundo cada día menos singular. Y sin embargo sostenía que América es una nueva tentativa del hombre para vencer el silencio mundial, para poblar la tierra inerte de la materia con la viva palabra del espíritu.

Para él, el "segundo pecado original" consistía en un desarraigo carente de contenido espiritual y en una vigilia donde el vacío devoraba las almas. Sostenía que en América no se ha logrado formar comunidades, sino sólo conglomerados, "bancos coralíferos de hombres" sin nada espiritual en común, donde la inseguridad profunda y la conciencia anormalmente aguda de la precariedad son agentes corrosivos que suscitan todo un sistema ético negativo –visible o pronto a aflorar en cualquier momento– cuyos atributos son la avidez desmesurada, la ostentación, las diferencias sociales vertiginosas, el falso refinamiento, la barbarie, el abuso, la ironía, la pasividad y la desconfianza.

"Americano de primera generación, el estupor inicial de abrir los ojos ante un panorama ajeno a mi sangre no deja de repetirse en mí día tras día", dijo cuando se producía esa segunda reedición de su libro, tras haberse agotado mucho antes la publicación original. "América es una presencia en mí en la medida en que soy americano, pero acaso aun más en la medida en que no lo soy. Esto explica en cierta forma el hecho de que mis primeras obsesiones, mis primeros escritos tratasen sobre América. No sólo representaba ésta la particular situación histórica y geográfica que me había sido dada –junto con muchos otros– para librar esa ambigua batalla que se conoce como vida o destino, sino que además me planteaba a mí en particular –aunque también junto con muchos otros– la impostergable necesidad de convertir en un mundo que viviese en mi alma, ese mundo que en gran parte se alzaba como un recinto en el que mi alma estaba prisionera".

La materia prima con que Murena elaboró El Pecado Original de América surgía de ese tipo de angustias personales y del análisis de la vida y obsesiones de otros escritores. Edgar Allan Poe le permitía analizar el parricidio o la matanza de los padres. En Horacio Quiroga y Roberto Arlt se daba el sacrificio del intelecto. Ezequiel Martínez Estrada brindaba una lección a los desposeídos, mientras Florencio Sánchez libraba una titánica batalla contra el silencio.





Remarcaba: "En unas décadas, sucesión impresionante de golpes de estado, caos, miseria incipiente: prueba de la índole americana de la Argentina, que se hace potente en sus negatividades por la soberbia de una comunidad que se empeñó en creer en las apariencias, que desatendió así los riesgos de su situación original. Y entre tales apariencias debe incluirse la piel. Porque el mestizaje americano –que en algunos países asume la forma racial– es de orden mental, espiritual. Este mestizaje surge del enfrentamiento de las criaturas con un ambiente histórico extraño al que les era habitual. Afecta tanto a los indígenas como a los recién llegados de Europa, o Asia: es indiferente del color de la piel, la raza. Por esa razón, por ser el mestizaje americano de orden mental, los problemas americanos suelen darse en la Argentina mucho antes que en los otros países de América, y a veces con mayor intensidad... No podemos continuar a España, ni podemos continuar a los Incas, o a cualquier otra cultura indígena que se desee invocar, porque no somos, ni europeos ni indígenas. Somos europeos desterrados, y nuestra tarea consiste en lograr que nuestra alma europea se haga con la nueva tierra... América es una nueva tentativa del hombre para vencer al silencio mundial, para poblar la tierra inerte de la materia con la viva palabra del espíritu."

Con prosa sutil y feroz a la vez, Murena declaraba que Roberto Arlt –magistral autor de Los Lanzallamas y Los Siete Locos– había descubierto en sí, y trasmitió a sus personajes, que los argentinos, los americanos, como los rusos, sienten una especie de ilegalidad vital, una des- autorización de sus existencias en el ámbito nacional, como si esa justificación estuviera reservada sólo para el occidente de Europa, una ilegalidad que se intenta superar con la búsqueda de la intensidad del sufrimiento, de los apretujones del dolor... "Un nuevo espíritu se paga caro", afirmaba Murena en la cumbre de sus propias angustias.

Y de inmediato, con crudeza total, declaraba que "los americanos somos los parias del mundo, como la hez de la tierra, somos los más miserables entre los miserables, somos unos desposeídos. Somos unos desposeídos porque lo hemos dejado todo cuando nos vinimos de Europa o de Asia y lo dejamos todo porque dejamos la historia. Fuera de la historia, en este nuevo mundo, nos sentimos solos, abandonados, sentimos el temblor del desamparo fundamental, nos sentimos desposeídos. Es el primer sentimiento que da la pura condición humana, es la condición humana misma. Porque precisamente el hombre es esa extrañísima criatura que no tiene un ser dado y cerrado a todo de antemano, como la piedra, como el animal que vive en el éxtasis de sus propios seres conclusos, sino un ser sólo posible, recién iniciado, que debe hacerse a sí mismo. Ni el ser acabado de la piedra ni el no ser: el hombre es necesidad de ser, sentimiento de lo que le falta para ser, angustioso sentimiento de desposesión en medio de un extraño mundo. Con el ser concluido, cerrado, el hombre sería un dios o una piedra. La humanidad es la angustia de ser posible, sólo posible, es el sentimiento de lo que se carece para ser, el vértigo de sentir a fondo que no se es nada: eso somos los americanos, a secas, parias."

Dos décadas después del dramático mutis por el foro que encaró H. A. Murena (como él solía firmar), terminamos por fin de caer al fondo del tacho de la historia, hemos desembocado por fin en la consciencia de ser y estar en América, en la trastienda de otro pecado, que como el original, significó la expulsión de un presunto paraíso. Somos al mismo tiempo el conquistador y el conquistado, la víctima y el verdugo. De nuestra capacidad de parar de comernos los unos a los otros como caníbales metafóricos, dependerá el porvenir argentino. Es el gran secreto del guerrero genuino, que consiste en transformar la destrucción del adversario en un acto de seducción. Y en este caso, en este particular instante de nuestra historia, conocemos bien al enemigo: somos nosotros mismos.




lunes, 18 de marzo de 2013

La Argentina Final


DISYUNTIVAS CRUCIALES EN EL UMBRAL DE UN NUEVO SIGLO: ¿TRAMPOLÍN, TOBOGÁN O RAMPA DE DESPEGUE?
LA ARGENTINA FINAL
Escribe: Miguel Grinberg

Imagen: Andrés Bestard


APM -  ACTUALIDAD PARA MÉDICOS
AÑO V - NÚMERO 34 - MARZO DE 2000



"Creo que actualmente hay dos Argentinas: una en defunción, cuyo cadáver usufructúan cuervos de toda índole que lo rodean, cuervos nacionales e internacionales; y una Argentina como en navidad y crecimiento, que lucha por su destino, y que padecemos orgullosamente los que la amamos como a una hija. El porvenir de esa criatura depende de nosotros y muy particularmente de las nuevas generaciones."


LEOPOLDO MARECHAL
(1900-1970)

Ahora que ya no existe la confrontación Capitalismo versus Comunismo y que el concepto de Globalización domina las transacciones materiales de los hombres de este planeta, todos los desafíos existenciales y éticos del siglo XX –desatendidos y hasta despojados de entidad– hacen crisis y arrastran con ella simultáneamente el ánimo de varias generaciones de argentinos.

Los jóvenes que concluida la Segunda Guerra Mundial (1945) apostaron a la Argentina de Perón, los jóvenes que en 1960 apostaron a la utopía de la violencia del Che Guevara, los jóvenes que durante el ciclo 1966-1983 resistieron el genocida accionar de variadas maquinarias dictatoriales (todos ellos convertidos ahora en veteranos nostálgicos), y los jóvenes de hoy –carcomidos por la virtualidad electrónica y la estupidez multipropalada–, advierten el sobrevuelo de los cuervos y no atinan a asumirse como individuos generadores de realidades diferentes.

No es fácil hacerlo. Los medios monopolistas de incomunicación social, centrados en la distracción y el disimulo al servicio de netos intereses lucrativos para los cuales la gente es un abstracto recurso renovable y que sólo interesa como acumulación de números y estadísticas, multipropalan la confusión bajo el tradicional adagio de "dividir para reinar". Nunca antes, en la Argentina y en el mundo, fue tanta la plenitud posible y –al mismo tiempo– la infelicidad colectiva.

Ya no tiene que ver con la guerra de las ideologías. Es otro tipo de guerra, que impulsa una ronda infinita de almas en subasta y de vocaciones destruidas.

Hay apenas dos tipos de economía: la de la abundancia y la de la escasez. Las remotas épocas de "vacas gordas" en la Argentina facilitaron una ficción de abundancia, porque era tan grande la acumulación de riqueza en círculos oligárquicos, que ello daba margen para la configuración de vastas clases intermedias cuyas migajas caían ampliamente en el plato de los desposeídos, de modo que mal o bien cada cual lograba no caer en el abismo de la miseria, aquella mishiadura que aniquiló a miles de argentinos durante la crisis estructural global de los años 30, y que tan textualmente quedó registrada en la poesía de Enrique Santos Discépolo (1901-1951). Escribió proféticamente: "He pretendido reflejar el momento de locura universal que atravesamos. El mundo marcha a la deriva... Se han roto los diques de la cordura y de la sensatez y la humanidad no encuentra los caminos de la dicha... El mundo inspira terror, el momento es de vértigo, de desorden, de catástrofe. La Tierra está incendiada por sus cuatro costados. Se quiere destruir para reconstruir. Estamos en plena locura..., el hombre mecánico desplaza a la humanidad. Azorado por los prodigios de la mecánica que rige el mundo, que se anticipa al porvenir en fantásticas demostraciones del ingenio humano en un afán demente por conquistar dinero, mi personaje compendia así la suerte de la sociedad futura: los pibes ya nacen por correspondencia y asoman del sobre sabiendo afanar".

Cuando la abundancia, aún la que se reparte injustamente, es reemplazada por la escasez, su administración pública es más salvaje, menos "generosa". Presupone el sacrificio de grandes sectores de la sociedad, en un esquema tipo naufragio, según el cual se vuelve necesario tirar del bote de goma a veinte para que presuntamente se salven cinco. Agravado ello por políticas que dictan contadores disfrazados de economistas, que sólo conocen el negocio de hacer "que las cuentas cierren", y de abogados metidos a dirigentes nacionales cuyo mayor empeño consiste en decidir qué sectores de la comunidad deben ir al matadero.

Administrar la escasez, en tiempos de egocentrismo patológico y de mitomanía retórica, consiste apenas en teñir a los cuervos con colores fluorescentes, para que parezcan inocentes canarios.

Cuando llegaron los conquistadores españoles, en estas pampas chatas o estas estepas patagónicas no existían imperios "precolombinos" de tipo azteca, maya o inca, sino algunas tribus nómades semidesnudas que pueden apreciarse en descoloridas fotos de ya extintos onas o yaganes. Millones de sacrificados inmigrantes que vinieron a "hacer la América" no conocieron jamás la abundancia, pero sí la plenitud del duro trabajo honrado. Hicieron familias, hijos, destinos de los cuales muchos de nosotros somos parte activa en estas épocas de hoy, tan grises, tan mentirosas. Al mismo tiempo, la hipocresía telúrica produjo un tipo de "argentoide" pasatista, cultor de distintas prebendas que antaño se llamaron "la coima, la cuña y el acomodo", propenso a "pararse con un golpe de suerte" en el hipódromo o la quiniela. Puesto que las novelas de Beatriz Guido sobre la "aristocracia" porteña decadente, los libros de Arturo Jauretche sobre el "medio pelo" y los "tilingos", y tantos tangos cuentan esa historia, no viene al caso reproducirla aquí. Propensos a enriquecerse y a disfrutar París, pero nunca a ser parte de la siembra de una Argentina inaugural, "como en navidad", según la imagen que nos dejó Marechal.

Al borde del mítico 2001, cuando se instalará una tripulación permanente en la Estación Espacial Internacional –preámbulo de la colonización de Marte– que construyen Estados Unidos, Rusia, Japón, Canadá, la Agencia Espacial Europea, Italia y Brasil, la Argentina luce como un vetusto navío a la deriva en algún agujero negro del cosmos. Con decenas de millares de argentinos finales que disponen de más datos sobre el arte de jugar al Pokemón o sobre la formación de Los Angeles Lakers, que sobre al arte de vivir honesta e intensamente. Una especie de "chorizo republic" pendiente de fabulosas inversiones extranjeras y de magníficas exportaciones comerciales...

¿Y si tales panaceas se demoran o no llegan a suceder? ¿Acaso nuestro destino será volvernos una nación de mendigos? No lo creo. No lo admito. No lo espero. En cambio, creo que vivimos en una época singular donde la única tarea digna consiste en convertir en realidad ciertas utopías. Somos una legión de desarraigados que todavía buscamos "hacer la América", pero no tomando a ese "hacer" como sinónimo de enriquecimiento veloz y cómodo, sino como disciplina de construcción solidaria.

Hace mucho tiempo, un desarraigado argelino-francés, Albert Camus, premio Nobel de Literatura, escribió: "Verdad es que se trata de una obra sin término. Pero aquí estamos nosotros para continuarla. No creo suficientemente en la razón para adherirme a la idea de progreso ni tampoco en ninguna filosofía de la Historia; pero al menos creo que los hombres nunca dejaron de avanzar en el proceso de adquirir conciencia de su destino. No hemos superado nuestra condición y sin embargo cada vez la conocemos mejor. Sabemos que nos hallamos en una situación contradictoria, pero también que tenemos que rechazar la contradicción y hacer todo lo que sea preciso para reducirla. Nuestro cometido de hombres estriba en hallar aquellas fórmulas capaces de apaciguar la angustia infinita de las almas libres. Tenemos que volver a coser aquello que se ha desgarrado, hacer nuevamente concebible la justicia en un mundo tan evidentemente injusto, para que vuelva a adquirir significación la felicidad para los pueblos envenenados por la infelicidad del siglo. Por cierto que se trata de un cometido sobrehumano. Pero el caso es que se llaman sobrehumanas aquellas tareas que los hombres cumplen en muy largo tiempo; he ahí todo".

La Argentina inaugural difícilmente brotará de los cenáculos materialistas de la Capital de la República. Deberá surgir desde el humus, desde el surco, desde las almas recónditas, fuera de los juegos de poder y de gloria. Desde el trasfondo del país donde más que las inversiones y los negocios bursátiles importa que coman los hambrientos y amen los solitarios. Donde sería posible la autosuficiencia alimentaria mediante el simple oficio de volver a hacer que la tierra produzca para el pan de cada día, y no para los negocios de "yuppies" especuladores. Donde se funden nuevos pueblos basados en las tecnologías apropiadas, la agricultura orgánica y las energías renovables. 

Comunidades-granja donde cada cual pueda sacar a luz lo que tiene de mejor, y no como sucede en las metrópolis insensatas, donde todo parece consistir en exteriorizar una vocación de fieras.

Entre la manada y la jauría, ritual masivo tan expandido por aquí, existe otra opción: la del hombre y la mujer empecinados en "angelizar" su ser en el mundo, en cultivar la elevación, no la decadencia. Como decía el poeta santafecino Miguel Brascó: "Primero serán 3, luego 6, después 12, 24, 48, 96, miríadas de mufados de ojos pacíficos, en vías ya de ser ángeles y de procrear ángeles por mero contagio, contacto, impacto y persuasión".

Marechal decía que veía a esta zona del mundo como la capital espiritual del planeta. No se equivocaba. Lo único que falta es empezar a fundarla.


HUMANIDAD XXI


DESPROVISTO DE ESPIRITUALIDAD, EL INDIVIDUO ESTÁ CONDENADO A LA INTRASCENDENCIA. 

HUMANIDAD XXI





  Escribe:  Miguel Grinberg
Ilustraciones: Omar Panosetti


APM- ACTUALIDAD PARA MÉDICOS
AÑO IX - NÚMERO 70 -  OCTUBRE de 2004

Pese al caos socio-económico-cultural que impera en el mundo, fluye nítidamente (para quien se predisponga a discernirlo) un manantial de vivencias trascendentales. Nada de ello puede definirse como "sobrenatural", "paranormal" o "parapsicológico", ni como "estado alterado de la conciencia". Se trata de nuestra fibra espiritual suprema, hoy en vías de florecer sin condicionamientos, en un mundo donde cada día hay más instituciones o sectas disputando la titularidad de Dios, y más individuos agobiados por una trivialidad atroz.
Cada ser humano, al nacer, es depositario de un potencial divino que raras veces desarrolla en la medida entera de sus posibilidades. Algunos pocos individuos logran llevar al máximo tal don natural, simplemente porque toda la cultura moderna —y por consiguiente, toda la sociedad— está orientada hacia otras latitudes de la experiencia vital, en su mayoría periféricas, superficiales, agónicas. Así, en la profundidad del alma humana, queda enquistada una gema que se atrofia o aborta en cuanto a sus potencialidades vivenciales, visionarias y transformacionales. Sabido es que todo órgano —tanto físico como espiritual— que no se pone en funcionamiento, termina atrofiándose.


Otras personas, fragmentariamente, por vocación, por circunstancias azarosas o por leves atisbos de lucidez, llegan a transitar algunos senderos del conocimiento profundo y perenne que se anida en nuestra especie. Ello les permite vislumbrar el manantial supremo de la existencia, aunque sólo paladean fugaces gotas del mismo: jamás se zambullen en su cauce. Demandas materiales, familiares o sociales acaban absorbiendo su atención, al punto de no permitirles ir más lejos en sus intuiciones del cosmos íntimo.



La multitud ni siquiera imagina semejante tesoro: vive hipnotizada por atracciones que la mantienen en el territorio de la irrealidad, de las ficciones disfrazadas de trascendencia. Buena parte de las patologías contemporáneas emerge de tal desperdicio de energías generativas, que al no ser puestas en acción, se malogran produciendo efectos ajenos a su raíz infinita.





 

  Nada de esto tiene implicancia "esotérica". Este término de origen griego designaba doctrinas de misterios antiguos a los cuales sólo tenían acceso los elegidos. Cuando dichas enseñanzas se comunicaban a los profanos, eran entonces consideradas "exotéricas". Un maestro reservaba la enseñanza esotérica para sus discípulos selectos, en tanto la exotérica era comunicada de modo accesible en disertaciones públicas sin restricciones. Esta modalidad se halla virtualmente en las grandes religiones tradicionales como en otros credos de menor expansión.


El esoterismo, como doctrina o práctica espiritual, sostiene que la enseñanza de la verdad —religiosa, científica o filosófica— debe restringirse a una cantidad limitada de iniciados, ya sea por su capacidad intelectual o por su riqueza moral. Todas las religiones antiguas aplican tal diferenciación. En el Bhagavad Gita , libro magno del hinduismo, se lee: "Si conoces toda la verdad, guárdate de perturbar la mente de quienes no están preparados para recibirla, porque las enseñanzas inoportunas o prematuras los apartarían de la acción en que sólo ven la verdad a medias y quedarían extraviados y confusos". Este criterio también es aplicado por los teólogos cristianos.



Al remarcar con esto que no estamos hablando sobre un pasaporte hacia alguna ciencia oculta, sino —en cambio— sobre una sabiduría natural sumergida, evitamos caer en el campo del ocultismo (donde se agrupan todos los fenómenos que no logran ser explicados por las leyes naturales) o del hermetismo (surgido de la sabiduría divina del dios Thot y de las enseñanzas de Hermes Trismegisto, mítico rey del antiguo Egipto versado en la magia, la alquimia y la astrología, cuyas obras —fusión de ideas egipcias y griegas— se conocen como Libros Herméticos).



Tampoco situamos esta latitud del discernimiento en la órbita del gnosticismo, fragmentado en infinidad de escuelas y corrientes con interpretaciones discordantes sobre la naturaleza de Jesús, la emanación, la redención y la caída. Como se sabe, en griego gnosis significa conocimiento. Los gnósticos fueron pensadores religiosos heterodoxos en los siglos iniciales de la Era Cristiana, con un conocimiento singularmente íntimo y profundo de los misterios sagrados, oscilando entre el ascetismo y la transgresión, desde las perspectivas religiosas tradicionales de esa época.



PSEUDOPROFETAS


Ocasionalmente, algunos observadores cargados de prejuicios (o carentes de información real), ante 1) un neto rebrote de antiguas prácticas esotéricas, 2) el obvio auge de nuevos movimientos religiosos, y 3) la fuerte expansión de una corriente de pensamiento rotulada genéricamente como New Age (Nueva Era), las han mezclado peyorativa y calumniosamente con el activismo de infinitas sectas milenaristas surgidas en el final de siglo XX. No han vacilado —además— en colocar en el mismo casillero tanto a practicantes de las artes adivinatorias, como a seguidores del "fenómeno OVNI", cultos evangélicos de corte diverso, escuelas de autoconocimiento y meditación oriental, terapias alternativas, movimientos ecologistas, líneas de alimentación natural, gemas y otras heterodoxias, como si se tratase de un complot pagano para negar la existencia de Dios, Cristo o la Virgen María.



Hacia finales de los años '70, desde los Estados Unidos, comenzó a circular el concepto de frontera acuariana que, de modo persistente y expansivo, desembocó en algo que hoy —a nivel mundial— extravió su veta transformadora y pasó a ser un cóctel desnaturalizado (y por momentos retrógrado) debido a la incursión oportunista de ávidos comerciantes y pseudoprofetas de cualquier talante que inundaron las mesas de "autoayuda" en las librerías. Ya en 1983, el futurólogo Michael Marien impugnó estructuralmente el profetismo acuariano de Marilyn Ferguson, calificándolo como "síndrome del arenero", o sea, ese ángulo rectangular de la plaza pública donde las mamás meten a sus bebés "para que no embromen".

Marien puntualizaba que, si bien en el mundo es deseable una transformación radical de valores, percepciones e instituciones, ello está muy lejos de ser inevitable. Y frontalmente acusaba a los peregrinos acuarianos de contribuir con su "síndrome del arenero" a paralizar toda modificación que realmente diera una respuesta imaginativa a los atascamientos espirituales, éticos y estéticos de la sociedad posmoderna. Decía: "El síndrome acuariano del arenero consiste en una serie de conductas inducidas para mantener a un individuo o a una organización en un estado pueril de inocencia, contento con la construcción de castillos de arena, en vez de hacerlo en la vida real, trabando una dinámica de crecimiento y fabricando consuelos egocéntricos" .


No cabe duda que en ésas, como en otras actividades más rutinarias de la vida moderna (política, sindicatos, derecho, medicina o pedagogía) existen delirantes y falsarios de carácter surtido. Es indiscutible que en el "supermercado espiritual" de los albores del siglo XXI pululan grupos sectarios, totalitarios y oscurantistas del Occidente tan materialista que nos toca padecer. Pero no se puede juzgar de manera tan estrecha algo que en cierto modo comienza a configurar los temblores iniciales de un inédito paso evolutivo de nuestra especie.



El saber integrativo que nos ocupa se denomina "holístico", a partir del término griego holos (entero). No se trata de un conocimiento acabado, completo, sino de una visión expansiva, abarcadora. De allí la dificultad del cientificismo positivista o mecanicista para comprenderlo: no se puede capturar lo inmaterial desde lo material, lo infinito desde lo finito, lo eterno desde lo temporal, el misterio desde el racionalismo.



Esta nueva conciencia convergente de solidaridad universal posee, claro está, matices de religiosidad, no por inscribirse en alguna religión —pasada, presente o futura— sino porque la expresión latina religio proviene tanto de relegere (repasar) como de religare (volver a unir).

Místicos y espiritualistas de origen variado, en Oriente y Occidente, han transitado esa "consciencia cósmica" que todo lo incluye y todo lo trasciende, con rasgos de éxtasis o de beatitud. El doctor Abraham Maslow, de la tercera corriente de psicología contrapuesta a la psicoterapia de Sigmund Freud y el conductismo de B. F. Skinner, se refirió a ello como "estados cúspide". Otras definiciones encaran la religión como una emoción intensa basada en la captación de una armonía suprema entre uno y el universo, sin adscribirla a un dogma a o una institución (decisión personal de cada individuo). Durante el último cuarto del siglo XX se divulgó una cuarta corriente terapéutica que incorporó las experiencias espirituales del individuo, y que se ha conocido como psicología transpersonal. El psiquiatra Stan Grof las situó en el plano de las "emergencias espirituales", no como situación de catástrofe sino como un manantial de vivencias trascendentales. Actualmente, el filósofo Ken Wilber expresa un paso más adelante, que sencillamente denomina pensamiento integral.


Nada de ello puede definirse como "sobrenatural", "paranormal" o "parapsicológico", ni como "estado alterado de la conciencia". Se trata de nuestra fibra espiritual suprema, hoy en vías de florecer sin condicionamientos, en un mundo donde hay cada día más instituciones disputando la titularidad de Dios y más individuos agobiados por una trivialidad atroz.



Actualmente, los cultores más elementales de la Nueva Era impulsan como meta excluyente el sentirse bien, el tener éxito, el realizarse energéticamente (lo cual en sí mismo es inobjetable, excepto cuando se convierte en un arenero). En esta latitud, muchos individuos suponen que si el mundo se pudre, el problema será "de los demás". O sea: practican simplemente una especie de autohipnosis. Algo análogo sucede también en el terreno ecológico donde muchos ambientalistas advierten sobre los peligros del recalentamiento global y del cambio climático imperante, pero omiten que la humanidad padece una pavorosa crisis surgida del hambre espiritual no satisfecha.



Como de costumbre, las modas van y vienen, dejando algunos bolsillos vacíos y otros más llenos. Mientras, la violencia y la inseguridad social aumentan y la primera década del siglo XXI no promete un edén acuariano sino alguna de las arquetípicas y multipropaladas pesadillas de ciencia-ficción a la manera de la película "Blade Runner" o de la novela "Valis" del genial Philip S. Dick.



La indagadora social Ferguson identificaba su inventario de influjos y propensiones como una "revolución sin líderes". Hoy su best-seller "La conspiración acuariana" se encuentra en las mesas de saldos. El investigador Fritjof Capra trazaba a su vez los paralelos entre la física cuántica y el misticismo hindú. El científico James Lovelock aportó la hipótesis Gaia. Y su colega Rupert Sheldrake, la teoría de los campos morfogenéticos. Varios lustros después, todas aquellas intuiciones —algunas honorables, otras incompletas— han desembocado en un confuso y a ratos decepcionante megamercado pseudoespiritual. Con menos best-sellers y mucha nitidez, Miguel de Unamuno señalaba el sendero: "Fe no es creer en lo que vemos, sino crear lo que no vemos" .



En todo momento de la vida inteligente hay dos macrotendencias: una hacia la verdad, otra hacia la falsía. Una hacia la luz, otra hacia la tiniebla. Una vez, el cineasta Federico Fellini comentó : "Por cada uno que se proyecta hacia la luz, hay diez mil empujando hacia la oscuridad" . Pero en el seno de la humanidad bulle aquí y ahora una corriente convergente de solidaridad universal. Cualquier nombre que la rotule es en última instancia insuficiente. La cuestión no consiste en aceptarla o en negarla, sino en convertirse en ejemplos vivos de lo que debería ser una obra suprema. Lo demás es ruido, murmullo timorato en el bosque humano.




* El libro más reciente de Miguel Grinberg se titula "La Generación ‘V' -la insurrección contracultural de los años sesenta" (Emecé).